Pecados capitales

Si una película me marcó en mayor o menor medida, esta fue la titulada "Seven". Supongo que la recuerdas, creo que casi todos la hemos visto.

Una película en la que el ambiente inicial, y por el cual discurre toda el metraje, ya te introduce en lo que va a ser un clima sobrecogedor que te empuja hacia la tensión por la cual vas navegando hasta el final. No voy a explicar aquí la película, pero sí que quiero incidir en el tema de la misma, los siete pecados capitales.

El cristianismo los menciona en sus inicios, y enumeran lo que denomina como los peores vicios del ser humano:

Lujuria, gula, avaricia, pereza, ira, envidia y soberbia.

Analilzando cada uno de ellos, te das cuenta de que todos te llevan por caminos que te conducen hacia un futuro incierto, manchado por la soledad y el fracaso definitivo.

Como ya te he comentado alguna vez, no comparto las creencias eclesiásticas de la Iglesia romana, católica y apostólica, pero sí que veo gran contenido ético y moral en alguno de los pasajes de la Biblia, libro que tuve que leerme durante mi educación en colegios religiosos durante mi infancia y adolescencia. Es un libro cargado de enseñanzas que te pueden guiar hacia lo que sí que considero grandes valores éticos y morales.

Creo que todos y cada uno de nosotros lleva esos denominados pecados capitales grabados a fuego en su propia naturaleza humana. Los practicamos. Con mayor o menor vehemencia, pero los practicamos. Como se lee en otro pasaje del denominado nuevo testamento, “el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”.

En muchos momentos de nuestra vida sentimos lujuria, y, a mi modo de ver, no es malo. Por mucho que algunas personas quieran demonizarla, sin ella, quizás ni siquiera estaríamos en este mundo.

¿A quien no le gusta comer bien? Compartir una buena comida (estamos hablando de la gula, no de la lujuria) es siempre un placer. Un placer que, en muchas ocasiones, nos arrastra hacia el resto de pecados capitales. Nos arrastra a una pereza posterior, quizás representada por nuestra famosa siesta. Si la siesta la haces en compañía, nos puede arrastrar hacia la lujuria más salvaje. Esa lujuria nos arrastra hacia la avaricia, cuando queremos más y más. La envidia, cuando nuestro compañero o compañera de alcoba disfruta mucho más que nosotros. La soberbia, cuando acabamos y vemos que lo hemos hecho a lo grande, o la ira, si no ha sido de nuestro agrado o bien nuestro hermano pequeño no ha estado a la altura. Si la ira no aparece, entonces volvemos a caer en los brazos de la pereza.

Dicho lo dicho, y perdóname por haber hilado el párrafo anterior, lo que sí que es cierto es lo del fracaso. Si nos centramos única y exclusivamente en cualquiera de esos pecados, llega un momento en que somos esclavos de ellos y olvidamos el resto de nuestras virtudes.

Quién no ha oído alguna vez que alguien está en una clínica de para adictos al sexo. Quién no ha oído hablar de alguien a quien han echado del trabajo por ser un vago. Vemos a personas cargadas de vanidad, normalmente con categorías superiores a nosotros, que fracasa estrepitosamente en las relaciones personales con sus compañeros, y está seguro de su posición, está seguro de que está en poder de la verdad, olvidando siempre lo más importante de la vida.

Pienso que todos esos pecados capitales están bien. Los sentimos. No podemos hacer nada por luchar contra ellos. Algunos, usan el castigo físico auto infligido. Otros, sencillamente se confiesan ante un señor que representa a una u otra religión. Otros, sencillamente, intentamos disfrutar del momento. Otros, le quitan importancia, llamando, por ejemplo, a esa envidia, sana.

Pequemos. Disfrutemos. La vida son cuatro días. Hay que pasarlo lo mejor posible. No hagamos daño a los demás, no les molestemos. Dejémonos arrastrar hacia el placer siempre que sea posible, siempre que sea consentido y de mutuo acuerdo. No luchemos contra nuestra propia naturaleza. Quizás, limitemos esa naturaleza para no caer en catástrofes que aparecen cada día en las noticias a nivel internacional. Nunca olvidemos que cualquier derecho siempre conlleva obligaciones. Respetemos a los demás. Respetemos su juicio. Respetemos sus valores. Pero que nadie, absolutamente nadie, nos juzgue por esos pecadillos.

Paz y amor a los hombres de buena voluntad… y que saben disfrutar de cualquier cosa que hagan.

Que vaya bonito,
àlex

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